Daniel Ludeña Sánchez, "el Alcalde de la Siega", nació en 1904 en el lugar conocido como “Casa Palbellinas” o “Casa Paemellinas”, en el actual Camino del Padre Mellinas, muy cerca del popular "Barrio de Los Pinos", en Moratalla. Sus padres, Domingo y Josefa, eran guardeses y agricultores de la citada finca. Allí nacieron sus cuatro hijos: Domingo, Luis, Josefa y Daniel, el menor.

Acercarse a la vida de Daniel Ludeña, es encontrarse con infinidad de impedimentos fruto de la brutal represión de palabra y conciencias instaurada por aquellos que tiñeron de negro la historia de nuestro país. La destrucción documental, el silencio y el miedo hacen que sea difícil encontrar referencias concretas. Por suerte, queda la memoria y la palabra de aquellos que lo quisieron y conocieron, y que piden un pequeño hueco para que su nombre no se olvide para siempre…

 

Infancia y juventud

 

Daniel Ludeña pasó toda su infancia y juventud en el Cortijo donde nació. Sus padres residían en una vivienda, propiedad del dueño de la finca. Allí nacieron todos sus hijos y vivieron, en régimen de uso y disfrute, hasta la muerte de Domingo, el padre. Se dedicaron a las labores propias del campo en una finca que abarcaba una razonable extensión (desde la Cruz del Humilladero a la zona de viviendas, hoy derruídas, que configuraban el Cortijo).

Junto a la citada finca se encontraba un grupo de monjas de caridad, que prácticamente vivían de los sobrantes del Cortijo, y que fueron las personas que más relación tuvieron con Daniel y sus hermanos durante su infancia.

Daniel Ludeña fue un hombre fruto de su tiempo. Prácticamente no fue a la escuela, pero sabía leer y escribir a la perfección, pese a estar predestinado (como tantos otros) a ser un simple labrador. Su curiosidad y la enorme labor de las Casas del Pueblo, auténticos centros de formación obrera durante la época, le hicieron ser una persona despierta y con una formación social e ideológica muy fuerte.

Marcha a Valencia, a realizar el Servicio Militar, obligatorio entonces. Permanece allí dos años y se "empapa" de todos los movimientos sociales. A su regreso a Moratalla vuelve a residir en la casa familiar, hasta que la muerte de su padre les lleva a tener que abandonarla. Entonces se traslada con su hermano Luis y su cuñada Isabel, a su residencia en el popular barrio del Cañico.

Militó en el sindicato U.G.T., siendo un militante muy activo, con una fuerte ideología y personalidad política que contrastaba con lo humilde de su paso vital.

 

    Alcalde de Moratalla

 

   Según las Actas Capitulares del Ayuntamiento de Moratalla, Daniel Ludeña Sánchez fue nombrado Alcalde de Moratalla el 4 de Diciembre de 1.936, en plena Guerra Civil. Él mismo contaba a sus familiares que se enteró de que estaba propuesto para Alcalde mientras estaba en el monte, trabajando.

    La tragedia de la Guerra Civil marcaría su vida y la de los suyos para siempre. Casi al inicio de la misma, su cuñado, marido de su hermana Josefa, al ser movilizado para incorporarse al frente, se suicidó, ahorcándose.

    Su gestión política fue la propia de un país en guerra. Miseria, desolación y enfrentamiento, pero su principal máxima (que le acompañó durante toda su vida política y personal), fue luchar contra el hambre, que por entonces atenazaba a una Moratalla mísera y con casi todos los hombres jóvenes luchando en el frente, más por obligación que por deseo. Todo ello aderezado de una fuerte conciencia de clase, una ideología que practicaba y que le granjeó un fuerte repudio por parte de los “señoritos” y de las clases acomodadas de la época. No en vano, eran constantes sus actos políticos en el teatro de la localidad, contando con los líderes obreros más relevantes de la época a nivel local, regional e, incluso, nacional.

   Entre sus acciones, emitió una serie de boletos que, a modo de dinero, sirvieron para que los moratalleros y moratalleras recibieran del Ayuntamiento alimentos, siempre en función de sus rentas y siempre situando por delante a aquéllos que menos tenían.

    También acogió en Moratalla a exiliados de la guerra, políticos o militantes de izquierda que huían del acoso del fascismo o que lo habían perdido todo. Los recolocó en las casas de los más acomodados de Moratalla, en las de aquéllos que sabía que les podrían proporcionar alimentos y cobijo. Algunos de esos “señoritos” no se lo perdonarían nunca…

 

   "Calificado por sus contemporáneos -de izquierdas o derechas- de buena persona y buen Alcalde" (pag. 111. "De Moratalla a Murcia". Arsenio Sánchez Navarro).

     

    La siega

 

   Sin duda una de las acciones más relevantes de su gestión política es ésta, la que le hizo que se ganara el sobrenombre del “Alcalde de la Siega”.

   Durante la Guerra Civil, la mayoría de los hombres jóvenes y “útiles” (como se decía entonces), se encontraban luchando en el frente. Moratalla pasaba hambre, hambre negra… A apenas seis kilómetros de Moratalla se encontraba (y encuentra) la Finca de Ulea, propiedad de una familia de rancio abolengo y títulos nobiliarios, con una gran extensión de cereales por cosechar. Esa falta de hombres jóvenes hizo que los propietarios de la finca decidieran no recoger la cosecha.

    El Alcalde, Daniel Ludeña, decretó entonces la expropiación de la cosecha y obligó a todos los hombres de la localidad a su recogida, incluyendo “señoritos”. Dicha cosecha pasaría a ser propiedad municipal y posteriormente sería repartida entre los moratalleros y moratalleras.

   Todo el pueblo participó de la recogida, en mayor o menor medida. Y los “señoritos” le reprocharon que les obligara a ello. Aunque, no sin sorna, Daniel Ludeña confesaría años después que los “señoritos” casi no hicieron nada. “Si les dejo una hoz se cortan el cuello, si no sabían usarla”, decía…

     Esta acción mitigó el hambre de una Moratalla que, por lo menos, pudo disponer de harina y pan…

 

    Represión

 

    Daniel Ludeña dejaría de ser Alcalde de Moratalla en Agosto de 1937, tras la disolución de los Ayuntamientos y la puesta en marcha de los Consejos Municipales. Tras el triunfo de los golpistas, cayó sobre él la maldición de ser “rojo” y la intención de muchos de cobrarse las afrentas pasadas.

    Pese a todo, no huyó de Moratalla. Hasta su detención por los seguidores del bando sublevado, permaneció escondido en un arca en la casa de su hermano Luis, en la Calle Cañico. Fue detenido y trasladado al Castillo de Moratalla, habilitado como burdo penal por los golpistas. Y posteriormente a Caravaca de la Cruz (adonde sus familiares, especialmente su cuñada Isabel, tuvieron que llevarle todas las semanas una lata con comida, pues no se la daban), donde pasó cinco años preso. No tuvo juicio, ni abogado, ni defensa. Su delito estaba claro; su delito era su ideología.

      Fue condenado a muerte hasta en tres ocasiones, y en tres ocasiones conmutada la pena.

    Perdió sus pocas propiedades. Un trozo de huerta, su único sustento, herencia de su padre. Aunque su orgullo obrero y la tranquilidad de conciencia nunca le permitieron decir que le quitaran nada. Él siempre dijo que “vendió” sus propiedades; por un cigarro, que es lo único que le iban a dar…

 

    Hasta su muerte

 

   Tras todos estos años de dura represión, Daniel Ludeña regresó a Moratalla. Nunca volvió a tener nada y residió por temporadas en la casa de sus sobrinas Josefa y Sacramentos, hijas de su hermano Luis. Trabajó en campo ajeno, siendo, según aquellos que lo conocieron, “un buen segador”.

   El miedo (más de los demás que propio), le apartó de su militancia pero no de sus ideas durante la época de la represión, llevando una vida parca en todo: su huerta, su familia y sus amigos. Nunca se casó ni tuvo hijos. Y cuando se le pedía que relatara cuestiones de aquella época, siempre se escudaba en un lacónico “para qué decir nada, cosas de guerra”…

   Si bien, como reza el dicho, el tiempo pone a cada uno en su sitio. Y el 28 de Octubre de 1982, el Partido Socialista Obrero Español gana las elecciones generales. Daniel Ludeña es un hombre cansado, viejo. Pero no ha olvidado ni su vida ni sus ideas. Sin aspavientos, sin grandes algarabías, sólo abraza a aquellos que lo conocen y les dice: “ya estamos aquí otra vez”…

   Murió el 13 de octubre de 1988 a las 3 de la tarde, en la casa de su sobrina Josefa, en el número 33 de la Calle Lucas Egea. Pero la estela de su vida y de sus ideas sigue…

 

                                                                                          En su memoria, su sobrina Josefa Ludeña Ortín.